Tengo que recoger mi coche en la sede de El Álamo, en un punto de la calle 50 Este. Me encuentro en un garaje subterráneo delante de un Chevrolet Aveo gris, nuevo, con sólo 2.000 millas en su cuentakilómetros. Se trata de un pequeño utilitario, tan pequeño que es un poco más grande que un Smart, con un maletero tan minúsculo que tendré que cargar mi maleta en el asiento de atrás. El empleado de la compañía de alquiler de coches sólo habla inglés, pero se esfuerza en hacerlo despacio para que lo entienda, porque quiere convencerme de que es un coche demasiado pequeño para un viaje tan largo y también para mí, con mi 1,85 de estatura en aquella cabina. Junto al Aveo luce un modelo más amplio y largo. Parece cómodo, sí, pero cuesta 50 dólares más al día. Y si al empleado de El Álamo, el viaje le parece demasiado largo para hacerlo en el Aveo a mí me parece demasiado largo para pagar 50 dólares más al día. Hay choque de intereses. Ya por este coche, la factura del alquiler asciende a 1.517,84 euros desde el 6 de noviembre hasta el 18 de diciembre, donde lo tengo que dejar en el Aeropuerto de Tucson (Arizona). “Haremos una cosa”, le propongo. “Si me lo permite, me monto en el Aveo y echo el asiento hacia atrás hasta el tope. A ver si puedo encajar bien las piernas sin que las rodillas me toquen las orejas. Al fin y al cabo, el último coche que he tenido ha sido un Ibiza”. “Como quiera”, me dice con un gesto de indiferencia, no sé si porque no tiene ni idea de qué es un Ibiza o porque no logra convencerme su oferta. Monto en el Aveo, empujo y… magia. El coche pequeño por fuera se convierte en un amplio espacio en el que puedo mantener mis piernas estiradas desde el asiento hasta los pedales. “Suficiente. Me lo quedo”, le digo con una sonrisa. El empleado de El Álamo ataca de nuevo en busca de una última posibilidad. “¿Va acompañado?”. Entonces contraataco con seguridad. “Sólo”.
El asunto del coche va de la siguiente manera. Es automático y las únicas posiciones que tiene el cambio de marchas es para hacer la marcha atrás, marcha adelante, marcha adelante con el motor forzado y una posición en “stand by” (algo así como un punto muerto) que es como la tienes que dejar una vez has aparcado o cuando te paras, ya que el carro no arranca aunque pises el acelerador y tampoco sale sin apretar el acelerador, cosa que hace con la marcha normal. El coche no se cala. En todo caso, el peligro es que al soltar el freno, si no lo tienes en la posición correcta, sale solo el tío. Cuesta arriba el motor por sí solo va un poquito forzado, lo cual está muy bien.
En el asiento de atrás sólo irá mi maleta y en el de copiloto, mi mochila. En poco tiempo todo esto cambiará para descubrir la magia de un espacio interior en el que, por muchas cosas que meta y nada que saque, todo cabe dentro. La magia de descubrir cómo las cosas se pueden resistir a ser encontradas en un espacio por minúsculo que este sea. Coche automático, muy cómodo, aunque necesito un par de frenadas inesperadas para darme cuenta que no me hace falta pisar el embrague porque las marchas son automáticas y, además, porque lo que piso en realidad es el freno.
En ocasiones, las road movie ofrecen una imagen de conducción a toda velocidad por cómodas carreteras de inmensas rectas y alucinantes paisajes. Todo es cierto menos lo primero, ya que los límites de velocidad en las interestatales, donde más se puede correr, son 65 millas por hora (104 kilómetros por hora) y, en el mejor de los casos, 75 millas por hora (120 kilómetros por hora).
Me pongo en carretera y con los días voy descubriendo que si respetas los límites de velocidad te adelantan hasta los tractores. Eso sí, van un poco más que al límite, pero no mucho. Casi nadie a más de 140 kilómetros por hora. De vez en cuando se ve algún loco, pero es raro. También es raro ver patrullas de policía por la carretera. Sin embargo, no sé de donde salen, pero cada poco se ve algún coche en el arcén al que le han dado el alto. No sé cuánto tiempo tarda el madero en bajarse del coche, pero sólo lo he visto una vez fuera del coche patrulla. En un viaje de 300 millas uno puede ver a lo largo del camino tres o cuatro coches detenidos en el arcén con la compañía detrás suyo de un vehículo de sheriff, policía o patrulla de carretera.
Por lo demás, las carreteras son cómodas y las interestatales tienen grandes tramos de tres o más carriles. Cada uno va en el carril que cree conveniente y no se mueve de ahí, de modo que si circulas por la izquierda y alguien te quiere adelantar rara vez te pitan o te echan las luces. Se limitan a adelantarte por la derecha, pero como es tan generalizado no hay problema. Así como el coche que va por la izquierda más lento no se pasa, el que le adelanta por la derecha tiene la confianza de que no se le va a echar encima. En las interestatales, de sobrar un retrovisor podría ser perfectamente el de dentro del coche.
En general, la mediana que separa ambas direcciones aparece diáfana, ni setos, ni “quitamiedos”. Si a esto añadimos la frecuencia de grandes rectas, provoca en ocasiones un efecto visual en el que los coches que vienen de frente parecen circular por el mismo carril. De entrada acojona, pero enseguida uno se adapta.
Pese a toda esta comodidad, la conversión de kilómetros en millas provoca una ralentización del tiempo, algo así como el efecto de la Teoría de la Relatividad de Einstein. Por mucho que uno sepa que 300 millas son 500 kilómetros, el ritmo más pausado del gota a gota, milla a milla, alarga el tiempo del viaje como si la distancia al destino se estirara.
En cuanto a la gasolina, hay que tener mucho ojo con la reserva. El empleado de la empresa de alquiler me advierte que la reserva se enciende cuando el depósito está a punto de agotarse. Y debe ser generalizado en los coches estadounidenses. Las gasolineras son dobles; una para gasolina y otra para diésel, separadas por 100 o 200 metros. Los coches van con gasolina y los camiones con diésel. Otra cuestión que entra de sopetón son las advertencias de distancias kilométricas. Puedes ver un cartel que anuncia una ciudad (sobre todo si es grande) a 300 kilómetros y no volver a ver otro hasta que casi estás encima. Por lo tanto, hay que estar atento a la indicación de las salidas.
Las indicaciones de direcciones e identificación de carreteras son muy prácticas. Las direcciones no se marcan con lugares, salvo en excepciones, como en la fotografía, sino que se utilizan los cuatro puntos cardinales. Por ejemplo, cuando alguien se incorpora a una autopista la dirección no indica dirección Madrid o Barcelona o Sevilla. El usuario no tiene por qué saber qué localidades se encuentra a norte o al sur de donde se encuentra. En Estados Unidos, simplemente indica si vas dirección norte, sur, este u oeste. Te basta con saber hacia qué punto cardinal te diriges. Las carreteras se identifican con números. La información que ofrece la imagen que incorporo (Page, Albuquerque o Phoenix, Los Ángeles) no es lo habitual. Es muy cómodo conducir por las interestatales, que son las grandes autopistas.

Esta forma de conducir ayuda, y mucho, a reforzar mi actitud en el viaje: ¡Hacia adelante, hacia adelante! Camino hacia el horizonte. Una vez dentro del coche, salgo por la calle 50 y, al tiempo que emprendo la circulación por la ciudad también la sangre comienza a circular más rápido por mis venas. Ya estoy en pleno viaje, con la sensación de libertad que ofrece el sentirte dueño de tus propias decisiones en el momento en que sólo hay que decidir cómo disfrutar. Viajo en soledad, lo que me permite iniciar un viaje hacia afuera y hacia adentro. He conocido soledades amargas, pero ahora me encuentro en esa magnífica soledad combinada con la aventura, en un desplegar de alas y embarcarme en el ritmo de un río de cauce tranquilo y continuo, que no se detiene. En un alimentar la curiosidad y sorprenderse continuamente. En la intimidad. Ahí, en mi coche flamante, abandono la Gran Manzana. Nada más salir del garaje ya me olvido de la triste despedida y miro hacia delante, doblo por la 50 buscando el túnel Lincoln que me lleva a Nueva Jersey, saliendo, y enfilo por la interestatal 95, saliendo, saliendo. Ya siento el entusiasmo de la gran aventura que me espera, ya queda Nueva York atrás y miro hacia delante, con todo por venir. Ya con ganas de salir para luego llegar. Salir y llegar. Entonces otro lugar, paradas en el propio viaje. Ya estoy metido en el camino. Ya veo más cerca Las Apalaches, Atlanta, Charleston, Savannah, Nueva Orleans y el medio Oeste. Pero lo primero es llegar a Charlottesville, desde donde tengo previsto iniciar mi recorrido por la cordillera de las Apalaches.
Inauguro viaje por carretera pasando por Newark y Alexandria, lugares de nacimiento del actor Jerry Lewis y el batería de The Police Stewart Copeland respectivamente, dos de mis dioses terrenales, como decía Julio Cortázar, otro Dios terrenal mío. Alimento mitos. Serpenteo por los cinturones de Washington y Filadelfia en un primer traslado en el que atravieso brevemente los estados de Nueva York, Nueva Jersey, Delaware, Maryland, Pennsylvania y Virginia. En marcha, en marcha. Dale que dale. Y, en breve, disfrutaré de una forma singular del universo Poe, el gran escritor que, para mí, también es otro Dios terrenal.
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