Leo en una guía la recomendación de acercarse a City Island, pueblecito de pescadores que, en realidad, es el puerto pesquero de Bronx, una pequeña isla alargada unida al distrito por un puente y que cae sobre la bahía como una pequeña lágrima de un par de kilómetros de ancho por unos centenares de metros de largo. La última línea de metro que se asoma a la zona, en Pelham, me deja junto a una parada de autobuses que se dirige a mi destino, pero decido cubrir una hora y media de paseo hasta la isla. Lo hago cruzando el puente de Pelham que uno franquea con esa sensación en determinados lugares de que acabase de cruzar una línea, una frontera leve e imaginaria y que deja definitivamente lejos el lugar cercano de donde viene. Se entra en City Island a través de una zona boscosa, dejando atrás el cemento y el asfalto. Avanzo por City Island Road, la calle principal que conduce hasta las últimas edificaciones, los almacenes del puerto. Alrededor, pequeñas casas unifamiliares con jardín en una zona residencial y restaurantes de pescado y marisco; tiendas de souvenirs, antigüedades y locales de efectos navales, muchos de ellos viejos y diminutos almacenes donde se amontona material de lo más diverso, desde estatuas de sirenas y otras figuras hasta pequeñas lámparas de hierro, desde cuerdas y redes hasta botes de pintura, desde brújulas hasta periscopios de latón. Naturaleza muerta. Ambiente decadente. Locales y calles que aparecen sin actividad, como hibernando en esta tarde fría y gris de noviembre, esperando tiempos mejores para cobrar vida y color en la temporada estival al calor de la oleada de turistas. Paseo prácticamente sólo y llego hasta el final de la calle. Aislamiento.



Desde allí, al este, apenas si se puede adivinar la silueta de los rascacielos de Manhattan y vuelvo, hasta enlazar con el metro, en uno de esos destartalados autobuses que abundan en Nueva York y que van casi traqueteando por la ciudad.
Vuelvo al Midtown de Manhattan para despedirme definitivamente de la ciudad, vuelvo al calor humano, a ese calor que se dan unos a otros los habitantes de Nueva York, seguramente sin pretenderlo, solo con la mera presencia de cada uno de ellos en la calle, de cada una de esas gotas que forman la marea humana, a veces cálida y a veces fría, de la que uno forma parte. Tengo previsto acudir al local de 24 horas que hay junto al hotel para llevarme un kit de sushi o algo de comida vietnamita para la habitación, no sé.
Para mi sorpresa, esta noche hay puestos de comida y bebida en Greeley Square, un pequeño parque triangular que se encuentra a una manzana del hotel. Mucha gente alrededor de los puestos, inspeccionando los paneles con los menús y las bebidas, un trajín de platos, bandejas y cervezas de los puestos a las mesas, de las mesas a los puestos. Otra agradable sorpresa de las varias que me ha ofrecido la Gran Manzana, tan agradable como disfrutar en una improvisada mesa al aire libre de mi última cena en Nueva York.
Esa cena al aire libre, rodeado de gente y con el aire nocturno acariciando mi rostro, sentado en la terraza de Greeley Square es, en realidad, una de las últimas imágenes que conservo de mi estancia en Nueva York. Esa y, un poco más tarde ya en dirección hotel, la de un grupo de negros en la esquina de la Sexta con la 33 vociferando vaya usted a saber qué ofertas mientras enarbolan carteles gigantes para llamar la atención. Ellos ya estaban aquí cuando llegué y seguirán aquí cuando me vaya. Es su ciudad, no la mía. Como visitante, me limito a encarnar el carácter efímero de un viaje de ida y vuelta. Por delante de mis ojos pasan los últimos fotogramas de esta gran película, New York, New York, que ha durado diez días. Viene el momento de ir al hotel, el camino se estrecha hasta entrar en un embudo, goodbye New York, sientes en el estómago un vacío, un vacío con todo su peso, goodbye New York y se te aprieta la garganta cara a cara con la despedida. La noche se cierra en la calle, en ese último cruzar el vestíbulo del hotel, último viaje de subida en el ascensor y tras la puerta de la habitación, última noche entre aquellas sábanas, con las últimas benditas sirenas y el rumor constante allá abajo. Goodbye New York. Mañana será el día del abandono de la ciudad, esos días del abandono vacacional tan distintos de los demás. Ese día de irse, en el que se está, pero sin estar. Porque uno está ahí para ir y venir, con el trajín y las prisas para llegar al tren, autobús, coche o avión, con la urgencia de no perderlo que tiene siempre esa partida ya decidida y programada.
Antes de dormir escribo:
“Mañana abandono Nueva York para tirar millas por carretera. Me voy con pena de este formidable enjambre que ofrece todo y de todo a sus habitantes y un sinfín de estímulos al visitante. No me canso de observar todas las posibilidades que ofrece, desde incorporarse a su ritmo vertiginoso en Times Square hasta tomarse un paréntesis de calma en Central Park, desde subir a las alturas hasta avanzar por el concurrido metro, desde mirar hacia arriba para admirar las interminables fachadas hasta sentarse en un parque para observar la vida en la calle, de día bajo el cielo recortado por los gigantes metálicos y de noche bajo el reino de las luces. Siempre disfrutando de las oposiciones y de todo lo que queda entre ellas. Goodbye New York. Pleased to meet you”.
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