Concretamente, la última noche en Nueva York. Despedida de la ciudad por todo lo grande. Tras la visita al Bronx, remato el día viendo un partido de baloncesto de los New York Knicks en la cancha del Madison Square Garden, una entrada que, como en otros destinos, he adquirido días antes por Internet. Para comprar entradas uno se mete en un complicado mecanismo de códigos de seguridad en el que se le pide obligatoriamente, entre otras cosas, teléfono de contacto y códigos de seguridad que complican la cosa, máxime si no estás en casa. Pero aquí estoy y en el otro lado del charco derrocho entusiasmo casi para intentar entrar en los archivos del Pentágono. El partido comienza a las 19:30 y estoy a un paso del hotel, al otro lado de la calle. Una vez en el interior del recinto, me uno al enjambre de espectadores. Tengo que subir varios pisos, pues he adquirido una de las entradas más baratas, 81,85 dólares, que te propulsa sin misericordia hasta el gallinero. Por fin encuentro mi localidad: section 322, row 2, seat 18. Traducido: “el quinto carajo”. El recinto tiene capacidad para algo más de 20.000 espectadores y la grada circular es bastante vertical, imagino que por aquello de aprovechar el mínimo de superficie posible. De modo que, desde mi localidad la cancha de baloncesto tiene el aspecto de una tableta de chocolate en mitad de una plaza de toros. Allá abajo. No me gusta el baloncesto, pero no me podía resistir a la tentación de ver semejante espectáculo. Los locales han ido casi todo el partido perdiendo de bastante y el público andaba resignado, pero el espectáculo de luz, sonido y «entreactos» es digno de verse. Un partido en el Madison Square Garden da una idea de lo que son capaces los yanquis para convertir una manifestación deportiva en incomparable espectáculo. Comienza el encuentro contra Minnesota Timberwolves, este es desfavorable para los locales desde el principio y los visitantes pronto consiguen una ventaja de 20 que, con pequeños márgenes, se mantiene a lo largo de toda la velada. Sólo en el tercer cuatro los Knicks llegarán a quedarse a cuatro puntos y el recinto se convertirá en una olla a presión. Sin embargo, la fiesta no decae en los descansos y tiempos muertos. 48 minutos de tiempo real y, el resto hasta cumplir dos horas y media, que es mucho estirar, de “sarao”. Lo logran por medio de espectáculos de la más variada condición; evoluciones de las cheerleaders, lanzamiento a través de cañones hacia la grada de camisetas empaquetadas, concursos de lanzamientos o atracciones para niños. Los altavoces derraman a grandes caudales el chorro de voz del speaker, esa voz cargada hasta los topes de decibelios cuyo volumen le agrandan a uno las pupilas y le dejan a merced de lo que venga. Entre los ilustres espectadores que aparecen en la pantalla circular gigante y que son jaleados por el público mientras “la gran voz” los presenta se encuentran Magic Johnson y John McEnroe. “Pero qué dice. La bola entró”, ¿se acuerdan? Una vez oído al speaker, el respetable puede hinchar los pulmones y gritar todo lo fuerte que quiera. Nadie va a protestar. Ahí está el torbellino; la luz, casi estelar de la enorme pantalla circular y panorámica de 360 grados sobre la cancha, los gritos de los espectadores en la grada, también circular, la hora y cuarenta minutos que no se juega al baloncesto y viene todo lo posible para que los espectadores se olviden de que se encuentran en un prolongado descanso, la cerveza a diez dólares dentro del recinto (que me acerco a la barra, veo el precio y me doy la vuelta porque la va a pagar tu p….) y, finalmente, el derroche de estímulos para que la jaula de grillos mantenga su ritmo. Una noche en el baloncesto, como dirían los Hermanos Marx, vaya.


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