Los últimos días en Nueva York son fríos y soleados. Nos metemos en noviembre, la temperatura ha bajado bruscamente de un día para otro y en la calle se ve ropa de abrigo y gorro, mucho gorro. Escribo unas líneas desde la tranquilidad de un banco en Central Park. Me he reservado hasta los últimos días para disfrutar de este espacio, mi guinda en Nueva York. La guinda verde. En días anteriores, he permanecido saboreando cómo sería la visita al Edificio Dakota, en la 72 con Central Park West o, ya en el interior del parque, el rincón Strawberry Fields con su enorme mosaico en forma redondeada, el mosaico circular Imagine. Atravieso el parque de sur a norte gozando de la tranquilidad del entorno, de sol a sol y no sobra tiempo. También se puede conducir en coche, pero por un circuito muy limitado. Otras sendas secundarias se las reparten bicis y paseantes o corredores y el resto es una tupida red de caminos para adentrarse en este paraíso de 4 kilómetros de largo por 800 metros de ancho dentro de la ciudad. Todo aparece muy limpio y bien cuidado. Un lago enorme, el museo metropolitano y varios puentes engalanan este paraje lleno de rincones preciosos.
A medida que penetras en este gran rectángulo de calma, todo el ritmo sonoro de Manhattan baja progresivamente el volumen como si fuera la última canción de un LP que baja el tono hasta dejar solo ese ruido que cruje levemente y que indica que el disco aún da vueltas. También uno mismo y su corazón dan vueltas en Central Park. No son las vueltas de una peonza, sino las cadenciosas, continuas y tranquilas vueltas a baja revolución de un disco ondulante. En las partes exteriores del parque se oye el rumor amortiguado de la ciudad, pero en el interior ni rastro. En el interior no existe el sonido de la ciudad sino el del parque.
He penetrado lo suficiente para observar lejanos, sobre la línea del horizonte, los rascacielos, ahora empequeñecidos allá lejos. Aquí presiden los sonidos producidos por las voces aisladas de los paseantes, por el musical baile del agua en las fuentes, por el canto de pájaros, por el suave rumor de las hojas mecidas por el aire o por el ronroneo de las bicicletas al avanzar sobre la pista.
El paisaje es muy colorido, en pleno otoño y con las hojas de los árboles despidiendo sus últimos destellos multicolores antes de desprenderse de la rama. Es un día frío, pero soleado, de los que me gustan. Disfruto paseando y sentándome de vez en cuando en algún banco para descansar. Se pueden elegir rincones preciosos para disfrutar del panorama mientras haces una parada para recibir placenteramente la calidez del sol en el rostro.
Llego al pequeño jardín Strawberry Fields dedicado a John Lennon y observo la continua confluencia de personas a este lugar de culto al músico. Me pregunto cuánta gente pasará por aquí al cabo del día en un lugar de homenaje que intuyo como un suave pero ininterrumpido peregrinaje de fans y curiosos. Desde aquí me voy asomando al límite del bullicio de la ciudad, a la altura del edificio Dakota en la calle 72, la famosa manzana de apartamentos donde Chapman mató a Lennon y Polanski rodó La semilla del diablo, con una Mia Farrow esplendorosa.
Lennon vivía en un apartamento perteneciente al Dakota y su asesino le descerrajó cuatro tiros delante del portal. Esto contribuyó a aumentar la leyenda de edificio maldito que ya arrastraba el Dakota, en gran medida, tras el asesinato de Sharon Tate en 1969. Su estilo renacentista decimonónico contribuye a dotarle de cierto magnetismo. Preso de mi gusto por la mitificación por personas y lugares llego al inmenso arco de la entrada donde cayó Lennon, pero el acceso está restringido y solo pueden pasar los residentes. Busco el interior con la mirada y apenas adivino un patio por donde avanzo Lennon unos pocos pasos a trompicones antes de desplomarse. Con esta limitación tengo que dar por satisfecha mi morbosa curiosidad.
He abandonado Central Park por la salida hacia el Dakota. Solo hay que cruzar una calle para pasar de un lugar a otro, de un remanso de tranquilidad al edificio que algunos rodean de una aureola maléfica.












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