24. Postales (VII): Pequeño paraíso [Nueva York]

Vistos de día y situados a sus pies, nadie diría que los rascacielos pueden ofrecer una estampa romántica. Moles que se erigen por encima de las cabezas vueltas hacia lo alto, los ojos entornados por la luz del sol y mi mirada sorprendida que trepa hasta arriba. Los imponentes muros de vertical infinita, las líneas que convergen y se pierden en un punto remoto, la formidable impresión que causa el exceso, la exageración, el frío e impasible poderío de estos gigantes modernos. Todo menos romántico. Sin embargo, uno no puede perder la oportunidad de cruzar a Brooklyn en el atardecer para ver el reflejo del sol de poniente en los rascacielos y pasear, ya de noche, por el Brooklyn Heights Promenade (ver en enlace), en el borde de la bahía. Es un paseo que atraviesa un pequeño jardín, el Brooklyn Park, y que cruza por debajo del final del Puente de Brooklyn. Charlo brevemente con una pareja de argentinos con dos hijas muy pequeñas. Les saco una foto a los cuatro y ellos me sacan otra a mí. Me cruzo con algunos grupos y varias parejas. Dos, pareja, es el número ideal para paladear esta zona tranquila, casi desolada de noche y un perfecto rincón para contemplar la postal nocturna de Manhattan, con las luces de los rascacielos como un enjambre de luciérnagas quietas y firmes despidiendo una luz blanca y constante. Ahí erguidas las inmensas columnas de acero, cristal y luz, clavadas en tierra firme; los gigantes modernos, los colosales moais sin rostro mirando en la misma dirección. Es un paseo lleno de romanticismo, pues se atraviesa por una arboleda un tanto dispersa. Cruzo por debajo del puente sin dejar Brooklyn para disfrutar de Manhattan desde diferentes perspectivas. Ahora, con el puente en el encuadre la visión es perfecta. Desde la quietud, una visión romántica de la isla de Manhattan, al otro lado de la bahía. Ahí enfrente flota la ciudad en la isla, bulliciosa y acogedora. Bancos para sentarse. Cada pareja en un banco, en su pequeño paraíso. Los dos envueltos en el latido de la ciudad y, por encima de ella, en su propio latido compartido. Envueltos en un beso.

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