Pese a su tamaño, Nueva York me parece una ciudad acogedora. Resulta muy cómoda para pasear, uno se desplaza fácilmente a cualquier punto, pronto se orienta y la intensa vida no llega a agobiar más que en momentos puntuales. Son los momentos en los que tienes que tomar decisiones rápidas en un contexto de ritmo vivo y con mucha gente a tu alrededor [rojo]. Entonces respiras y decides que, por lo menos tú, te lo tienes que tomar con calma. Digo “por lo menos tú” porque cuando requieres la ayuda de un viandante no hay problemas, el neoyorquino es muy servicial hasta el punto de que puede bastar que, yo consultando el mapa en la calle simplemente para decidir a dónde ir, se me acerque uno “aicanjelpyu?”, pero cuando tienes que recabar información de alguien que está detrás de una ventanilla o mostrador, la cosa cambia. Tu torpeza y tu cara de memo suponen un obstáculo en el ritmo frenético del funcionario de turno (aquí en Nueva York mayormente población negra) quien, además de la premura que pueda tener a la hora de despachar al personal, seguramente está harto de su trabajo repetitivo y te atiende con indolencia.
Así, la primera mañana ingreso en Penn Station con el loable reto de informarme sobre las ofertas de billetes de metro y, naturalmente, elegir el más ventajoso para moverme más ancho que largo durante mi estancia en la ciudad [tejido]. En mitad del mogollón, distingo un puesto de información y pienso que me resolverán el problema. Iluso. Primero que a ver qué tipo de tickets existen y me dice que “over there” y el puñetero dedito índice que señala hacia un lugar indeterminado al otro lado de la marea humana que discurre por el entramado de pasillos subterráneos. En el ovillo Penn Station, un usuario que conoce las instalaciones como la palma de su mano puede llegar a tardar hasta diez minutos a paso ligero desde que baja por las escaleras hasta que llega a su línea.
Bueno, pues miro receloso ese índice señalando vagamente hacia algún punto y allá que voy. Todavía me separarán de mi destino final hacia la adquisición del billete un par de índices más, un conato por mi parte de elevar el puño cerrado y extender el dedo corazón firme hacia arriba y otro par de explicaciones protocolarias a cargo del personal, ellos todo como muy de yanqui a yanqui, con las palabras muy rápidas y juntas saliendo de la boca. Es curioso cómo en estos menesteres salto con eso de “despacio por favor bicosaidonanderstand” pensando que voy a salir de mi propio estupor y, en ocasiones, lo único que logro es elevar mi estupidez a categoría de cátedra. Y es que cuando te hablan despacio y tampoco vale, ya casi queda como último recurso el-de-le-tre-o-sí-la-ba-a-sí-la-ba. Entonces no sabes si bajo esa supuesta parsimonia el que así te habla tiene cascada de paciencia y toda la voluntad del mundo o está a punto de aplastarte la cabeza con un mazo.
Lo importante es que, por fin, consigo la hazaña de plantarme delante de una máquina expendedora. Ha sido un largo camino en el que he deambulado errático de un lado para otro, pero aquí estoy, implacable en mi determinación de no salir de aquél agujero sin un billete en la mano. Total, que me entero de que un billete así single que vale por un viaje sale por 2,50 dólares y un Metro Card son 28 dólares. Este último es valedero por una semana y te montas cuantas veces quieras. ¡El de 28! imploro a la maquinita. Escupe la Metro Card, pedacito de felicidad azul y amarilla, válida para circular como “Pedro por su casa” durante toda mi estancia. Recojo el cartoncito y ya me siento libre para conquistar Manhattan con la Metro Card en la mano.

Después de dos días, me muevo en el metro perfectamente, todas sus estaciones con los nombres de las calles, que son números. Y como los números son mucho más fáciles de recordar que los nombres, el uso del metro es muy cómodo. Parada en la 17 para transbordo en la 34 y de ahí, la línea que sigue por la Séptima hasta la 125 [red]. Y ya estás en Harlem [tejido]. Para marcar la dirección no utilizan los últimos destinos de cada extremo sino uptown o downtown, con lo cual uno solo tiene que saber si va al norte o al sur.
Aquí estoy a gusto porque, en todas las grandes ciudades, siempre he tenido la sensación de que controlar el metro es controlar la ciudad, moverse cómodamente por el subsuelo da seguridad para afrontar afuera la vida diaria del turista. Cuarto día y ya escribo lo siguiente:
“Habituado a la gran manzana, ando ya a mordiscos con ella. Los lugares por los que paso varias veces, como las inmediaciones del hotel, ya se hacen reconocibles. La Penn Station, justo enfrente del hotel, es la estación de metro desde donde salgo y adonde llego por la noche (…) Ahora recuerdo como hace solo cuatro días andaba con pies de plomo, de ventanilla en ventanilla y de máquina en máquina, pobre de mí, sin papa de inglés e intentando sacar un ticket para una semana, casi de puntillas, todo aparatoso, torpe ante la despiadada máquina de sacar billetes y con miedo de hacer una cola de mil demonios. Ahora voy que parezco el rey del metro (…) Esa familiaridad se traslada a toda la ciudad”.


Ya me encuentro parte integrante de esta gran masa. Me muevo cómodo y rápido entre calles numeradas. Estoy metido en un gran juego de barcos, disfrutando de los “tocado” o “hundido” mientras paseo plácidamente por los “agua”. La Quinta, la 42, la Bowery y las líneas 1, 3 o 6 del metro. Todo tan ordenado con sus números, todo tan práctico con su norte, sur, este y oeste. Todo tan placentero en esa RedTejido, TejidoRojo, RedRojo.
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