Lo cotidiano, todas las pequeñas acciones que uno tiene asimilar como costumbre, llegan poco a poco y su aprendizaje me da cada vez más seguridad. El idioma es lo primero; los “for here”, “to go”, “to drink?”, “small? medium? large?”, “anything else?”, “lettuce?, cheese?, french fries?, ketchup?”, “Burger combo or meal?”, “Kitchen or pork?”, “Kitchen wings?”, los “You are welcome”, “I can help you”, “Have a nice day”, “Watch your step”, “Your ID, please”, “Let me check / can you give me your bag”. Y tú, como manual de primeros auxilios, sacas el “Sorry”, “I don’t understand”, “Do you speak Spanish?” y el que sí, pues sí, y el que no, pues dice “A few” lo que, en realidad, habría que traducir como “Ni idea”. Los “Slowly, please”, “I have a reservation” o “What’s the matter”, “For lunch?”, “For dinner, please?” Son los puntos de anclaje para no caerte definitivamente al vacío, los nudos que ampliarán la red idiomática a medida que aprenda lenta, muy lentamente algo de inglés. También es importante saber detectar lo que en filología se denominan «falsos amigos», aquellas palabras parecidas a tu idioma, pero que tienen significados muy distintos. De este modo, «exit» no es éxito, sino salida «notice» no es noticia sino advetencia o «constipated» no es constipado sino extreñido. En este último caso, la puedes liar, pero bien liada, con la confusión. En aquel lugar en Penn Station en el que desayunaba todos los días, con aquella camarera con la que me esforzaba en mi precario inglés hasta que al tercer o cuarto día me saltó en castellano, tenían un panel en el que, entre otras ofertas, se leía fresh coffee. Yo pensaba que para qué coño quería en pleno noviembre café fresco. Luego descubrí que fresh coffee es café recién hecho y me perdí durante varios días el placer de desayunar un exquisito café.
Por otra parte, hago mío lo que ofrece la ciudad, como comprar comida para llevar entre una infinidad de lugares y menús para elegir, con platos precocinados y comida en bandejas de plástico. Hamburguesas, pollo asado con salsa o troceado en bocadillo, pizzas, pasta, tallarines o fideos chinos. Y muchas, muchas salsas, con un gusto extremo por lo dulce. Comida para llevar y comer en un parque, en una plaza o en el hotel. No se vende alcohol en cualquier parte, hay muchos pequeños comercios que disponen de un par de estanterías frigoríficas únicamente con bebidas “soda”, que incluye los refrescos, y agua.
A falta de arcos detectores en los comercios, los guardias de seguridad te dan las instrucciones necesarias, siempre amables, pero también en estado de alerta, lo que hace que tú también les trates con precaución. “Sorry» es el santo y seña para disculparse ante el menor percance y, en grado de frecuencia en su uso, se encuentra a la altura del “pardon” francés.
Todos los precios aparecen reflejados sin impuestos, que son añadidos en caja. El impuesto supone una carga de alrededor de un cinco por ciento. Enseguida uno se acostumbra al intenso tráfico de la ciudad y aunque el disco cambie a rojo en mitad del paso de peatones, los coches esperan sin pitar. El pedir “to go” es un clásico, de modo que mucha gente se toma el café de la mañana mientras acude al trabajo servido casi hirviendo y aguado en envases de cartón; los parques aparecen repletos de comensales que apuran su almuerzo mientras leen el periódico, repasan papeles o teclean el portátil o el móvil y, a partir de las cinco de la tarde, las calles soportan la oleada de viandantes a la salida del trabajo. Entonces, el delicioso atardecer convierte los locales de Manhattan en centros animados donde los neoyorquinos se dedican intensamente a la vida social al calor de la oferta happy hour, normalmente vigente de cuatro a siete o de cinco a ocho de la tarde. Algunos parques abren puestos en los que se puede degustar un menú al aire libre. Por tarde que sea no hay que preocuparse, en la ciudad existen grandes locales abiertos las 24 horas donde, en un mismo recinto, uno puede adquirir comida self service para comer allí o para llevar, todo tipo de bebidas y hasta tienda de ultramarinos.
La vida nocturna en la calle, algo propio de la Gran Manzana que sólo lo viviré corregido y aumentado en Nueva Orleans.
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