Enfundadas mis botas pateo Nueva York. No busco puntos concretos, sólo referencias para decidir el itinerario y realizar las paradas correspondientes a todo aquello de interés que me sale al paso. Dejo empaparme por el líquido vital que circula por las calles, me dejo abrazar por esta ciudad espectacular, como si fuera una amante a la que deseo explorar, penetrar en su tejido y que penetre en el mío. Quid pro quo. Si no, no vale. Aquí mejor solos, la ciudad y yo. Y mejor recorrer su piel de asfalto, ladrillo y cristal que perderse el paisaje bajo los túneles del metro. En el recorrido que llegué a conocer, sólo en Harlem y Bronx el metro sale a la superficie, de modo que lo utilizo sólo para cubrir distancias largas o para ganar tiempo.
Había decidido desde el principio planificar por la noche en el hotel mis visitas de los tres o cuatro días siguientes; distritos a visitar, puntos de interés, nudos para mirar, aquí o allá, decidir y luego moverse curioso por la red. Casi todo, vendría con los paseos, con la posibilidad abierta de improvisar, de dejarse seducir uno por el abanico de colores, destellos y lo que venga. Y en cada destello, un latido que lanza el torrente cálido y breve de fluido vital, y una sorpresa, la admiración y continuar. Un destello y después otro destello. Y así, los efímeros viajecitos del corazón que se encadenan para seguir y seguir.
Se suceden los días en Nueva York; las mañanas, las tardes y las noches como un carrusel de vivencias y sensaciones en los que uno se deja llevar, sumergido en un ritmo que tan pronto es un torbellino como un mar en calma. Y, a partir del tercer día el visitante resucitó, revivió y sobrevivió a la desconocida ciudad. La gran urbe que le engulle pasa a ser la Gran Manzana que él engulle. Eso sí, poco a poco, sin tentar al peligro de atragantarse. Ya salgo del hotel y cruzo la carretera para dirigirme a Penn Station rodeado de un aire todavía nuevo pero, al mismo tiempo, familiar. Algunos lugares ya vistos por los que camino de nuevo, en la vorágine de los estímulos desconocidos, un punto ya asimilado, la pildorita de lo conocido, de lo casi cotidiano y entonces una dosis de seguridad. Un anclaje para la certeza de una supervivencia sin grandes sobresaltos, el estado de alerta se relaja y… entonces, un poco como un neoyorquino más. Respiro al mismo ritmo que la ciudad y ya no veo las cosas como una serie de elementos que desfilan hacia mí sino como si yo mismo formara parte del desfile. Y que los demás me vean como uno más. “¡Miradme! –pienso-. No estoy de paso. Yo también vivo aquí. Por poco tiempo, pero vivo aquí”. Con paso seguro cruzo los pasillos del metro hacia mi destino elegido, sea cualquiera de las líneas rojas 1, 2, 3 o de las líneas azules 4, 5 o 6. Depende del objetivo. La música a través de los auriculares me espolea, hace que mis pies vuelen hacia cada nueva exploración del medio urbano en esta ciudad de pulso potente, de ritmo salvaje. En otros momentos, el sonido de la propia ciudad.

Como todos los días, entro en la cafetería situada nada más bajar las escaleras de Penn Station en la Séptima y pido con resolución el desayuno. “Coffee, please. With milk and sugar. And this one, please”. Ella: “Which”. Y yo: “This. Brownie, please”. Ella: ¿”Anything else?”. Yo: “No, thank you”. “For here or to go”. “For here, yeah”. Yo explicándome con una ligera sobreactuación de gestos, muecas y actitud vehemente en la probablemente estúpida creencia de que me va a entender mejor. Después de tanto empeño, unos días más tarde descubriré que es hispana y que, solidaria con mis esfuerzos, con mi lento hablar y, probablemente con mi cara de cretino, me interpelará en castellano. Sorpresa. Pero estoy satisfecho, pues he ganado en seguridad. Ya que he aprendido algo de inglés para llevar una mínima conversación adelante, prefiero desayunar tranquilo en el local. Terminado el desayuno, me encamino al encuentro de la ciudad, para bebérmela a grandes sorbos.
Los destinos concretos son minúsculos puntos en el mapa que lucen como perlas sobre una cama de terciopelo, pero es el terciopelo lo que vale, el paseo por las grandes avenidas, por las calles transversales, por los distintos barrios o por los tranquilos parques. Los tranquilos parques. No hay bancos para sentarse y tomar un respiro en las calles, hay que ir a los parques. Pero allí, en los parques… en fin, la gloria. Un respiro para observar a tu alrededor desde una posición relajada.

Uno puede sentarse en un banco, puede buscar una pequeña mesa de hierro forjado para escribir unas líneas, para comer ese menú to go adquirido poco antes o simplemente para tomarse un descanso rodeado de un pequeño paraíso verde. Ese verde que se encuentra cada poco. Me encanta el Parque Bryant. Se encuentra cerca de la Biblioteca Municipal y es un lugar céntrico y, a la vez, agradable. Un pequeño oasis entre la Quinta y la Sexta delimitado por las calles cuarenta y cuarenta y dos. Un coqueto y agradable espacio en el corazón de Manhattan. Y luego, a seguir. Voy sintiendo la ciudad como un líquido primordial en el que navego y no me ahogo, no, ¡respiro! Y navego cada vez con más soltura. Voy aprendiendo a nadar por Nueva York. O a volar. No sé si nado o vuelo. Lo que es seguro es que no ando.
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